lunes 17 de diciembre de 2007

El pensamiento religioso

El pensamiento religioso más cercano de los pueblos del Cercano Oriente ha concebido el mundo como surgido de un caos inicial y al principio inconsciente, formado de materia y espíritu. El espíritu, al cobrar conciencia de sí mismo -luz que se separa de las tinieblas- concibió y quiso el Mundo, haciendose así su creador. El Mundo no es, pues, sino la realización de la concepción divina que se manifiesta en todas las cosas, representada por los innumerables dioses del politeismo. La conciencia del mundo, es decir, Dios, es el manantial de toda forma, de toda vida, de todo pensamiento. Es lo Absoluto, donde se unen los contrarios. Es la armonía, la justicia, la ley del Mundo, que no es otra cosa sino su propia ley: el bien. El bien se confunde en él con el principio de la vida. Sólo el carácter finito e imperfecto de la materia es la fuente del mal: la muerte opuesta a la vida, la esterilidad a la fecundidad, el caos a la armonía, lo material a lo espiritual. El mal, por ende, existe inherente a la materia, de donde nacen las necesidades físicas y por consiguiente, las pasiones de los hombres. Pero el mundo material, como mundo creado, es el mejor posible, puesto que es la realización del pensamiento y de la voluntad de Dios. Toda criatura, tanto el conjunto del Universo como el más ínfimo de los seres, siendo cual es un compuesto de materia animada por el soplo divino, encierra en sí la vida y la muerte, el bien y el mal, entre los cuales se libra una lucha constante. El mal propende al caos, a la materia inerte; el bien tiende hacia el espíritu, hacia lo absoluto. El bien asegura, por consiguiente, la vida eterna. Para conocerlo, debemos de buscarlo en nosotros mismos, en nuestra conciencia, ya que ésta es la expresión de Dios. El hombre tiene, pues, en sí mismo la revelación del bien. De su sola voluntad depende, resistiendo a los instintos de la materia, el vivir según la suprema voluntad de Dios, ganar la vida eterna, participar en lo absoluto, reunirse al espíritu puro, al bien sin mácula, libre de toda forma material, es decir, a Dios.

Puesto que el Mundo creado está formado de materia finita y tiende, en consecuencia, hacia la muerte, solo puede subsistir gracias a una creación perpetua. Ahora bien, la Creación es la realización de la conciencia divina. Lo que asegura el triunfo de la vida y el bien es, pues, la conciencia. En este Universo, concebido y deseado por Dios, el hombre, que no es, como toda cosa, sino el microcosmos del Universo, tiene su puesto marcado, puesto tanto más alto cuanto que entre todos los seres creados es en él donde la conciencia se manifiesta más claramente. Su misión es hacerla triunfar y librar así, junto a Dios, el combate contra las fuerzas disolventes. Todo hombre que hace triunfar el bien, aunque solo sea en su fuero interno, participa en la obra creadora, al mismo tiempo que asegura su propia salvación. El pecador que se deja dominar por la materia, retorna a la materia; el justo que hace triunfar en sí el espíritu, retorna al espíritu. Sea cual sea la evolución del Mundo, el Universo no cesa, pues, de espiritualizarse por el esfuerzo que cada hombre realiza para alcanzar la justicia, la armonía y la sabiduría. De este modo el individuo queda asociado, por la conciencia, a la obra creadora de la divinidad. Ninguna vida, por muy oscura que sea, resulta inutil, puesto que su sentido consiste exclusivamente en participar en la perpetua creación del Universo, haciendo triunfar en él los valores espirituales.

Jacques Pirenne.